Piratas Colombo Serbios

Diez años volviendo a la misma isla. Así se cierra una semana de recarga en el Caribe — y así arranca lo que viene.

Piratas Colombo Serbios — Life

El barco arrancó y yo, como siempre, me volteé a mirar el muelle. Ahí estaba la gente de Punta Faro despidiéndonos — pero no con una bandera, sino con dos: la de Colombia y la de Serbia, ondeando juntas, y un montón de manos diciendo adiós. Piratas colombo-serbios. No se me ocurre una forma más bonita de cerrar una semana en el Caribe.

La tripulación de las dos banderas

Ahí estaban mis dos mundos en un solo muelle: el serbio que nació lejos y el caribeño que me fui volviendo a punta de sol, mar, pescado y ganas de vivir bien. Llevo casi diez años volviendo a esta isla — Múcura, Punta Faro, ese pedacito del Archipiélago de San Bernardo donde el celular no sirve para nada y uno por fin se desconecta de verdad.

He probado otros sitios, pero a este vuelvo siempre. Es donde el cuerpo afloja y la cabeza se queda en silencio. Hay lugares bonitos, y hay lugares que tienen alma; Punta Faro tiene alma. Y después de tantos años, esa gente ya dejó de ser “el personal del hotel”: es tripulación. Aprendieron que hay un serbio que cae cada año sin falta, con los suyos, a recargar — y un día sacaron mi bandera y la pusieron al lado de la de ellos. Eso no se compra; eso se gana volviendo. Gracias, Punta Faro. Nos vemos pronto, como siempre.

Humo de despedida

Pasando por Cartagena hice una parada obligada: Absolute Cigar. Soy cliente de ellos en Medellín desde hace rato, y me contaron que acababan de abrir sede en Cartagena. Tocaba ir a ver.

Un lugar hermoso, bien puesto. Me traje unos Cohíbas y unos Partagás para rematar el viaje como se debe: con humo bueno y sin afán. Un pirata no se va del Caribe con las manos vacías.

El ritual sagrado: Candé

Y antes de cada vuelo de regreso hay una parada que en mi casa no se negocia: Candé.

Es una casa colonial en pleno San Diego, cocina cien por ciento cartagenera, con reconocimientos del Wine Spectator en la pared pero con comida que sabe a casa de aquí. Langosta, cangrejo, mariscos, arroz de coco, patacones. Y mientras uno come, la cosa no para: banda en vivo toda la noche y bailarines en traje típico dando vueltas entre las mesas cada quince minutos, como si la tradición no fuera decoración sino presencia.

Los míos alrededor de la mesa, la música llenándolo todo, las velas, el mar ahí cerquita. Uno mira esa mesa y entiende que es justo eso lo que trabaja tanto por tener. Cartagena cocina como pocos lugares en el planeta, y Candé es donde uno lo siente completo. Ese es el broche: después de eso, sí, uno ya puede coger el avión.

De vuelta — y lo que se está cocinando

Aterrizamos en Medellín y me recibió la ciudad como ella sabe: frío, llovizna, ese gris rico de la montaña. Después del calor del Caribe se siente como una medicina. Salí al balcón, prendí uno de los tabacos de Cartagena y me quedé viendo llover.

La semana no fue una pausa: fue recarga. Descansar no es perder el tiempo: es prepararse en silencio. Uno duerme tranquilo de verdad cuando no le debe nada a nadie por dentro — cuando no anda cargando conversaciones pendientes ni cuentas viejas que nadie le cobró sino uno mismo.

El verdadero poder no hace bulla. Mientras algunos se consumen mirando lo que otros hacen, uno simplemente avanza: agradece, abraza a su gente, come bien, respira lento, vuelve a casa y trabaja. Y desde ese balcón, con el humo subiendo y la lluvia cayendo, ya estoy cocinando los planes nucleares para lo que viene.

Ser libre es eso: poder irse, poder volver, poder construir. Tener dos banderas en un muelle y sentir que ninguna lo limita a uno. Esto apenas se está calentando: la segunda mitad del 2026 ya empezó por dentro.

📖
Lectura relacionada

Bajo el Agua con Miranda — la misma semana, bajo el agua: una certificación PADI en familia.

Adios Keto — los últimos días en la isla antes de volver.

Poseidón en el Caribe — el mismo mar, contado desde el lado mítico.