Adios Keto

Llevaba un buen tiempo casado con el keto. Bastó una isla, un poco de arroz de coco y unos días sin reglas para que el cuerpo me corrigiera la teoría.

Adios Keto — Life

Últimos días en Múcura. La isla tiene un ritmo que lo desarma a uno sin pedir permiso: primero el café, después el mar, y el resto del día se acomoda solo. Un Café de Colombia bien cargado, uno de mis hijos todavía espabilando frente al agua, y Tokyo — un pomerania que anda por acá — dando vueltas como si la isla entera fuera de él.

Así se sienten estos últimos días.

No vine a planear nada. Vine a recargar. Pero la isla, sin avisar, me cambió algo que llevaba un buen tiempo haciendo igual. Y lo cambió desde el lado que menos esperaba: el plato.

El protocolo no toma vacaciones

El protocolo médico continúa igual — testosterona, retatrutida, péptidos, todo bajo supervisión — y la rutina se adapta al viaje. Lo que cambia acá es el entrenamiento: en vez del gimnasio completo de Medellín, gimnasio al aire libre frente al mar y natación como cardio. Más liviano, más sol, más sal. Estoy de vacaciones, al fin y al cabo.

Cuando el keto era mi evangelio

Llevo un buen tiempo jugando con el keto, y lo defiendo: bajar grasa, cabeza clara, beneficios de salud reales. Siempre lo combiné con ayuno 16/8 y la fórmula funcionaba. Grasa buena, proteína alta, cero azúcar, y el cuerpo aprende a comerse a sí mismo para sacar energía. Para definir y para sentirse limpio, es difícil de superar.

La isla me corrigió la teoría

Llegué con una idea sencilla: aflojar la dieta unos días. Venía sintiéndome sobreentrenado, con la energía por el piso, y no quería pasar las vacaciones peleando con la comida. Así que metí carbohidratos — pero de los buenos: fruta fresca, arroz de coco, papa. Nada raro, nada procesado; lo que dan la tierra y el mar de por acá.

A los pocos días el cuerpo empezó a hablar. Más energía. Mejores métricas en el Oura. Más fuerza en el gimnasio. El músculo dejó de verse plano y empezó a verse habitado. Mejores sesiones. Sin proponérmelo, había encontrado algo que la disciplina sola no me estaba dando.

La pared que no se ve hasta que uno la toca

Y ahí cayó la ficha. El keto me llevó lejos, pero llegó un punto donde dejó de ser un camino y se volvió una pared. Y contra una pared no se entrena: se choca. Si uno quiere un físico de verdad serio, los carbohidratos no son el enemigo: son combustible. Son la energía para entrenar duro y son la llenura que infla el músculo. Sin ellos uno entrena a media máquina, y se nota.

Y hay algo más honesto todavía: el keto puro es muy difícil de sostener. La keto flu, el baile eterno de los electrolitos, y apenas uno se sale un poquito ya se cayó de cetosis. Es un estado frágil. Vivir cuidándolo es un trabajo de tiempo completo.

El nuevo trato: carbohidratos con factura

El cuerpo no se domina: se negocia. Entonces ajusté el plan, sin botar lo que sí servía. Sigo con proteína alta. Bajo la grasa, porque ahora entran los carbohidratos y ese espacio hay que pagarlo en algún lado. Y los carbohidratos no van a toda hora: van donde sirven, en la comida antes y la comida después del gimnasio. Antes, para tener energía; después, para recuperar. El resto del día — y sobre todo la mañana — sigue estilo keto: proteína alta, grasa buena, en ayuno.

La creatina la acomodé alrededor del entrenamiento, con dextrosa o jugo de fruta de azúcar simple para que la creatina HCL entre mejor. El piquito de insulina la empuja adentro del músculo justo cuando más sirve.

Y el quemar grasa no se va a ningún lado: cardio en ayunas en la mañana, cardio después del gimnasio, y la ventana 16/8 intacta, todo dentro del protocolo médico. La cuenta es simple: uno invierte en carbohidratos y paga con más cardio y menos grasa.

Eso sí, toca ser consciente y no pasarse de carbohidratos, que es facilísimo. Pero como sistema lo veo sostenible para metas serias. El entrenamiento de verdad pide una dieta a la altura.

La gente que se cruza cuando uno vive en abierto

Más allá del plato, estos días dejaron algo que no estaba en el plan: gente. Me crucé con personas de Bogotá, del Eje Cafetero, de Medellín — varias metidas en el cuento del fitness, el bienestar y la nutrición. Intercambiamos ideas, compartimos lo que cada uno sabe, y se armaron conexiones de verdad. Esa es la gente que suma: la que construye y comparte sin que se lo rueguen.

Y uno, viéndola, entiende el otro tipo por contraste: el que no construye nada propio y por eso vive pendiente de lo que construyen los demás. En vez de hacer lo suyo, se la pasa mirando lo ajeno.

Lo más elegante del asunto es que uno no tiene que decir nada. El comportamiento de cada quien lo narra solo, y la verdad, con el tiempo, se hace evidente sola. Una puerta que se cierra bien se queda cerrada; la indiferencia, cuando es de verdad, es la forma más limpia de cerrar un tema. La envidia es ruidosa; la vida buena es silenciosa y sigue caminando.

Listo para la segunda mitad

En un par de días se acaba la isla y volvemos a Medellín. Vuelvo distinto: descansado, con la cabeza clara y con la dieta reescrita por la mejor maestra que existe, que es el propio cuerpo cuando uno lo deja hablar.

El café se enfría, Tokyo por fin se cansó de dar vueltas, el sol se va metiendo en el mar. Y yo ya estoy mirando la segunda mitad del año con todo. Hay planes grandes esperando en la ciudad. Esto apenas se está poniendo bueno.

📖
Lectura relacionada

Recargando — el reset de la isla, cuando descansar también es parte del protocolo.

Hágale Pues — la keto flu, un tamal y la primera recarga de carbohidratos.

Poseidón en el Caribe — el mismo viaje, contado desde el lado mítico.