Bajo el Agua con Miranda
Mi hija quiso aprender a bucear y a mí me ganó el miedo de papá. Pero terminamos los dos certificados PADI en Isla Múcura — porque a los hijos se les cuida acompañándolos, no encerrándolos.
Miranda me dijo que quería bucear.
Así no más, como quien pide un helado. Y por dentro me pegó ese corrientazo raro de papá: orgullo y susto en la misma respirada. Porque una cosa es ver el Caribe desde la orilla, con ese azul absurdo, y otra muy distinta es imaginarse a la hija de uno bajando con tanque, regulador y señas a un mundo donde ni siquiera se puede hablar.
El miedo de papá
Estamos en Isla Múcura, en Punta Faro, en el Archipiélago de San Bernardo, cerrando una semana de pura recarga familiar. Y mi primer instinto fue el de siempre: protegerla. Envolverla en plástico de burbujas y guardarla del riesgo.
Pero ahí me cayó una verdad que conozco en carne propia: uno no aprende el mundo mirándolo desde lejos. Lo aprende viviéndolo, con susto y todo. A los hijos no se les cuida guardándolos del mundo — se les cuida entrando al mundo con ellos. Y eso lo sé porque así fue como aprendí yo.
Hagámoslo bien
Entonces no hicimos las cosas a medias. Nos fuimos full: curso, teoría, prácticas, nervios, risas debajo del agua. Y terminamos los dos certificados PADI. Padre e hija. Qué chimba de momento, parce.
Verla concentrada allá abajo — haciendo sus señas, controlando la respiración, confiando en ella misma — fue una belleza. Yo llegué pensando que venía a cuidar a Miranda del mar; terminé entendiendo que, a veces, la mejor forma de cuidarla es meterme al agua con ella.
Mañana arrancamos para Cartagena con el corazón lleno. Buena forma de cerrar la semana: con una hija buza y un papá que aprendió a soltar el miedo.
Saludos desde el paraíso — el arranque de esta misma semana de recarga.
Poseidón en el Caribe — el mismo mar de Múcura, contado desde el lado mítico.
Adios Keto — los últimos días en la isla y la dieta que el Caribe me corrigió.